la mayoría de las plantas no mueren por falta de agua, sino por exceso. Este es, sin duda, el error más común al regar las plantas, incluso entre personas que las cuidan con cariño.
Regar todos los días no significa regar bien. Muchas veces lo hacemos por costumbre, por ansiedad o porque creemos que así ayudamos a la planta. Pero la tierra necesita respirar, igual que las raíces.

Cuando el sustrato permanece siempre mojado, las raíces se asfixian, se debilitan y empiezan los problemas: hojas amarillas, tallos blandos, hongos y, finalmente, la planta se apaga. Con los años se aprende que el secreto no está en cuánta agua echamos, sino en cuándo y cómo lo hacemos.
Un buen riego se reconoce porque la tierra queda húmeda, no encharcada. Porque el agua sale por los agujeros de la maceta y no se queda estancada. Y porque se riega solo cuando la planta lo necesita, no cuando el reloj lo dice.
En el jardín, como en la vida, regar de más también puede hacer daño. Observar, tocar la tierra y tener paciencia es siempre mejor que regar por impulso.

